sábado, 13 de octubre de 2012

1.

Siempre hay que empezar con el número 1.  Desde ahí se parte.  Y de ahí se pueden determinar tantas cosas.  Tuve un amor infantil.  Yo tenía 7 años, y Román, bueno, pues también tenia la misma edad.  No puedo decir que fue un flechazo, pero sí que todo lo que él hacía me parecía fabuloso.  Siempre estaba corriendo en la hora del recreo y jugando basket ball.  Precisamente en segundo año, y como todos los niños de siete años hacían en ese entonces.  Le mandé un papelito, en medio de alguna clase, confesándole mi amor.  Según recuerdo nomás diría algo así como: Me gustas, quieres ser mi novio?  Yo recuerdo estar nerviosa, rara, extrañada.  No era normal para mí hacer eso.  Y según recuerdo, las niñas no hacían eso.  Pero supongo que no me importó.  Igual lo hice. 

Me contestó que no y eso, evidentemente, no me gusto para nada.  A partir de ese momento, mi relación con él, mi amistad con él se volvió extraña, rara, diferente.  

Juré no volver a declararle a nadie mi amor.  Preferiría esperar a que él lo hiciera primero.  

Aunque no seguí mi propio juramento un par de veces. 

Después de algunos años y estando ya en escuelas diferentes, y creo que solamente por teléfono, nos reíamos tanto de ese episodio de nuestras vidas.  Lo que tengo en mi memoria es un recuerdo agridulce del amor.  Del amor infantil.  No fue malo, pero tampoco creo que haya sido algo bueno.  

Creo que por eso me doy a desear tanto.  

Porque siempre prefiero que él es quién lleve la primera intención.  Ya lo que siga después pues dependerá de mí, pero siempre espero que él sea el primero en actuar, en decidir, en empezar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario