3.
El coqueto.
Renato era el típico hombre coqueto. Formal, fuerte pero no era feo. Muy caballeroso. Imponente. Yo tenía 18 años y el tendría unos 23 o 24 años. A esa edad, obviamente, uno es completamente vulnerable. Y yo era muy, ingenua en realidad.
Renato tenía novia, Karen. Y ellos siempre se veían muy bien juntos, aunque yo los ví juntos muy pocas veces.
Renato estudiaba Leyes y eso me parecía fascinante. Yo apenas estaba decidiendo que hacer con mi vida, y él ya lo sabía. Era un hombre seguro de sí mismo. Recuerdo tantas veces sentarnos en el auto y platicar y platicar, cuando lo que habíamos hecho era pasar horas en un Vips platicando.
Obvio me gustaba. Me parecía un hombre interesante, maduro, y si, precisamente coqueto. Me gustaba todo de él. Me gustaba especialmente su espalda y como se sentía cuando me abrazaba. Me gustaban sus consejos y cómo veía la vida. Me parecía un hombre sencillo, simple, sin complicaciones. Siempre me pareció una persona que tenía una buena influencia en mi vida. Y por lo que ahora puedo ver en mi vida, siempre alimentó mi autoconfianza.
Hay dos cosas que recuerdo mucho de él.
Una es que siempre me dijo lo siguiente: cuando alguien te haga un piropo, y no sabes que decir... con un Gracias es suficiente.
La segunda era que siempre que iba a la tienda o algo, y él se ofrecía a traerme algo, yo me negaba. En general, pienso que puedo molestar. Y el me decía: Pídeme algo, aunque sea un chicle, pero de verdad te lo estoy ofreciendo de corazón.
Él me dejó muchas cosas, me dejó sus abrazos, sus palabras tiernas, sus interminables pláticas... y dos enseñanzas que han marcado mi vida de forma muy especial.
Historias de mis hombres
domingo, 14 de octubre de 2012
sábado, 13 de octubre de 2012
2.
El primero que me dijo te amo.
Sí, hubo uno que me lo dijo primero. Ese fue Tomás. Tomás fue el niño más especial en mi vida. Su amor me inundo de muchas formas en mi adolescencia y también ahora en mi vida como adulto.
Tomás era dulce, especial, lleno de detalles aunque no era muy expresivo. Su amor lo demostraba de muchas formas. No recuerdo que camináramos por la calle agarrados de la mano, y no recuerdo si lo besé. Pero dentro de mí, así de puro era su amor por mí.
No tenía prisa en absolutamente nada. Me llenaba de todo tipo de detalles que un niño de 12 años podría hacer en esos momentos.
Iba a ser Navidad y él me regaló un cassette. Obvio en esas épocas lo máximo era un cassette personalizado. Y él me lo había hecho. Con muchas canciones que yo no reconocía, pero sí con canciones que me marcaron... aaaah, por qué como oía ese cassette, yo creo que hasta que se desgastó. Me encantaba que hubiera tenido Alejandra Guzmán con Reina de Corazones y al mismo tiempo, Pretty Woman que obvio había sido el éxito taquillero de 1990.
Junto con el cassette estaba una carta. Una carta de amor. Mi primera carta de amor y ahí es donde me decía que me amaba.
Casi me paralice. Yo no sentía lo mismo, creo, pero no sabía que sentía.
Ese amor puro, casi infantil, increíble, duró menos de un mes. En cuanto pude en enero, lo corté.
Lo terminé porque tenía temor porque mi papá lo supiera. Como si eso hubiera sido un pecado!! Literalmente, tenía terror. Le mentí, terriblemente. No tuve el valor de decirle la verdad de porque tenía que terminar eso. Y lo desilusioné tanto que dejó de hablarme... casi de por vida.
Ese mismo día me regaló un oso de peluche. Con un moño azul, dentro de una caja de madera. Un oso pequeño, de color casi beige.
A pesar de las mudanzas de casa, de país, de ir de un lado para otro, nunca me he deshecho de ese peluche. Tiene todo el significado del mundo. Del amor de un niño hacía una niña que no supo valorarlo.
A pesar de las mudanzas de casa, de país, de ir de un lado para otro, nunca me he deshecho de ese peluche. Tiene todo el significado del mundo. Del amor de un niño hacía una niña que no supo valorarlo.
Siempre me arrepentiré de eso.
De no haberme dado la oportunidad de haber compartido con una persona que me ofrecía todo. Hasta su corazón!
Fui muy tonta.
Espero que en algún momento de la vida, la misma vida, me permita pedirle una disculpa, contarle todo y confesarle finalmente, que yo también lo amaba con todo el corazón.
1.
Siempre hay que empezar con el número 1. Desde ahí se parte. Y de ahí se pueden determinar tantas cosas. Tuve un amor infantil. Yo tenía 7 años, y Román, bueno, pues también tenia la misma edad. No puedo decir que fue un flechazo, pero sí que todo lo que él hacía me parecía fabuloso. Siempre estaba corriendo en la hora del recreo y jugando basket ball. Precisamente en segundo año, y como todos los niños de siete años hacían en ese entonces. Le mandé un papelito, en medio de alguna clase, confesándole mi amor. Según recuerdo nomás diría algo así como: Me gustas, quieres ser mi novio? Yo recuerdo estar nerviosa, rara, extrañada. No era normal para mí hacer eso. Y según recuerdo, las niñas no hacían eso. Pero supongo que no me importó. Igual lo hice.
Me contestó que no y eso, evidentemente, no me gusto para nada. A partir de ese momento, mi relación con él, mi amistad con él se volvió extraña, rara, diferente.
Juré no volver a declararle a nadie mi amor. Preferiría esperar a que él lo hiciera primero.
Aunque no seguí mi propio juramento un par de veces.
Después de algunos años y estando ya en escuelas diferentes, y creo que solamente por teléfono, nos reíamos tanto de ese episodio de nuestras vidas. Lo que tengo en mi memoria es un recuerdo agridulce del amor. Del amor infantil. No fue malo, pero tampoco creo que haya sido algo bueno.
Creo que por eso me doy a desear tanto.
Porque siempre prefiero que él es quién lleve la primera intención. Ya lo que siga después pues dependerá de mí, pero siempre espero que él sea el primero en actuar, en decidir, en empezar.
Siempre hay que empezar con el número 1. Desde ahí se parte. Y de ahí se pueden determinar tantas cosas. Tuve un amor infantil. Yo tenía 7 años, y Román, bueno, pues también tenia la misma edad. No puedo decir que fue un flechazo, pero sí que todo lo que él hacía me parecía fabuloso. Siempre estaba corriendo en la hora del recreo y jugando basket ball. Precisamente en segundo año, y como todos los niños de siete años hacían en ese entonces. Le mandé un papelito, en medio de alguna clase, confesándole mi amor. Según recuerdo nomás diría algo así como: Me gustas, quieres ser mi novio? Yo recuerdo estar nerviosa, rara, extrañada. No era normal para mí hacer eso. Y según recuerdo, las niñas no hacían eso. Pero supongo que no me importó. Igual lo hice.
Me contestó que no y eso, evidentemente, no me gusto para nada. A partir de ese momento, mi relación con él, mi amistad con él se volvió extraña, rara, diferente.
Juré no volver a declararle a nadie mi amor. Preferiría esperar a que él lo hiciera primero.
Aunque no seguí mi propio juramento un par de veces.
Después de algunos años y estando ya en escuelas diferentes, y creo que solamente por teléfono, nos reíamos tanto de ese episodio de nuestras vidas. Lo que tengo en mi memoria es un recuerdo agridulce del amor. Del amor infantil. No fue malo, pero tampoco creo que haya sido algo bueno.
Creo que por eso me doy a desear tanto.
Porque siempre prefiero que él es quién lleve la primera intención. Ya lo que siga después pues dependerá de mí, pero siempre espero que él sea el primero en actuar, en decidir, en empezar.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)